Dark Heresy: El camino a la Ascensión

Soldevan

A través del silencioso vacío, la majestuosa nave-catedral del Inquisidor Soldevan se desplazaba como un implacable cazador, acechando las estrellas mismas por cualquier seña de herejía. Pues, a los ojos de este venerable Inquisidor, hasta los astros mismos eran capaces de caer ante los Poderes Ruinosos. Más de novecientos años de experiencia le habían enseñado que la inocencia era una palabra, un concepto, inventado por el Clero, para exhortar a los pecadores a seguir un camino determinado. Obediencia. Incapaces de ver su propia inmundicia, los ignorantes escuchaban, y sus sucias almas se iluminaban con esperanza.

Sentado en su mecánico asiento, Soldevan reía su seca risa, una de las pocas características humanas que aún le pertenecían. Sí, esperanza, se murmuraba el Inquisidor. Tan horrenda virtud. A lo único que se apegaban los ciudadanos del Imperio, la vaga esperanza que el Dios Emperador los protegía. Pero su fe estaba mal puesta. El Emperador no era más que un cadáver, sentado en un decrépito trono a años luz de distancia, mantenido como un trofeo por los líderes de Terra como símbolo de su autoridad. Alguna vez fue una figura imponente, una deidad caminando entre mortales, un Sol que cegaba los ojos de los infieles. Pero esa era había pasado. Ahora, lo único que protegía a los incontables seres humanos que vivían en la Galaxia era la inmutable voluntad de la Inquisición. Y, como el Emperador hace milenios, sólo la Inquisición era capaz de determinar el valor de las personas. Millones de vidas perdidas, para que un puñado pueda sobrevivir.

El Inquisidor suspiró, un afecto innecesario, pues su cuerpo era ahora incapaz de generar un natural suspiro. Con una ligera mueca, seguido del ruido de sus múltiples implantes, comunicando su voluntad a través del resto de su cuerpo, su asiento, construido por brillantes mentes del Adeptus Mechanicum, comenzó a moverse, transportándolo a través del antiguo y barroco estudio, hacía su gran ventana, dándole una espléndida visión del vacío. Hace siglos, un ignorante joven, cien por ciento humano en ese entonces, había visto este mismo panorama con anhelo y determinación. Los años habían pasado, el cuerpo se había roto, desprendido, restaurado, y destruido de nuevo. Billones de vidas habían nacido y muerto. Pero esos ojos seguían. Ese anhelo y determinación perduraban. Reenfocados, pero perduraban. Oh, sí, Soldevan había visto mucho. Había mantenido su cordura frente a entidades que hubiesen roto la mente de hombres más débiles (ciertamente Grynner se hubiese vuelto loco, pensó). Se había batido en combate contra creaturas capaces de extinguir la vida de todo un sistema. Había triunfado sobre innumerables enemigos, y su nombre sin duda era murmurado por sus incontables rivales con terrible miedo. Ni la muerte misma había detenido a Soldevan, gracias al Magos Silas Mortram, su inseparable aliado. Si, había perdido más del ochenta por ciento de su cuerpo, pero el veinte restante era más fuerte –y más importante – que el cuerpo completo de muchos de las Ordos Sagradas.

Ah, las Ordos. Aunque Calixis era bendita por la presencia de Soldevan, también se veía maldita por la presencia del resto de las Ordos. Ciegos decrépitos, atemorizados en usar el poder que tenían, contentos sólo de perseguir sombras, y nunca encontrarlas. Temerosos de buscar dentro de sí mismos por las claras muestras de herejía, tan obvias para los ojos de Soldevan. ¿Quiénes eran ellos para declararse puros, libres de la mancha del Caos? Si, él lamentaba la muerte de tantos de sus errados hermanos, pero la adversidad purifica. Había perdido la cuenta de los herejes que había encontrado en la Inquisición. Tantos jóvenes, con apenas dos siglos de experiencia, intentando asegurar que conocían más de la herejía que Soldevan. ¡Tontos! ¡Ignorantes! ¡Él ya luchaba contra las fuerzas del Immaterio desde antes que las rameras de sus abuelas pensarán en parir chiquillos impuros! ¿Y se atrevían a negar el decreto de Soldevan, clamar ‘mentira’ ante la obvia mancha de la herejía? Eso sólo hacía que la satisfacción de meter una sagrada bala entre sus ojos fuera mayor. O quemarlos en el fuego de la purificación. O soltarlos al vacío donde pertenecían. O, pensó Soldevan con una ligera y mecánica sonrisa, torcerlos en su inutilidad como Inquisidores y convertirlos en útiles servitores.

Pero ahora las Ordos tenían en su número un temeroso adversario, insidioso, que poco a poco se inmiscuía entre los más escondidos secretos de la institución. Temeroso, por el poder que representaba, un psyker del grado más vil. Soldevan hubiese escupido si su garganta todavía generase fluidos. Jamás había comprendido como la Inquisición permitía a esos… seres… dentro de sus filas. Un psyker no era más que una herramienta, a usarse y desecharse a voluntad. A una herramienta no se le daba poder. No se le dejaba controlar su destino. ¿O acaso el Adeptus Mechanicus deja que sus creaciones hagan lo que gusten? No, era una tontería, y más, un error, dejar a los psykers correr libres como verdaderos humanos. Los verdaderos humanos no podían encender objetos con su mente. Los verdaderos humanos no torcían la realidad con su mente. No, los capaces de hacer eso eran los Xeno, los Poderes Ruinosos… y el Emperador y sus Primarcas, Dioses entre mortales. Clamar tal divinidad era herejía en sí misma. La mera existencia de un psyker era una afronta a toda ley natural. Sí, tenían sus usos de vez en cuando. Tal y como una espada de doble filo era útil en casos desesperados. ¿Pero tratarles como verdaderos ciudadanos del Imperio? Inconcebible.

Y sin embargo, ¡la Inquisición lo hacía! Si eso no era claro ejemplo de lo erróneas que estaban las Ordos, la conclusión era obvia. Los psykers habían violado la mente de los líderes de las Ordos. Soldevan cerraba sus ojos, lamentando la debilidad de la mente de sus “hermanos”, y más, lo que en un futuro tendría que hacer. Pero, paciencia. Ante todo, paciencia.

Sintió, a través de la conexión que disfrutaba su estudio directamente con su sistema nervioso, que alguien se acercaba. Sus múltiples cogitadores determinaron que se trataba de Callidon Bartz, un brillante joven que le recordaba a ese insolente muchacho hace siglos. Sí, Bartz sería un excelente Inquisidor, y un inagotable aliado. Sin mover un solo centímetro, mandó una señal a través de su conexión para abrir sus majestuosas puertas. Bartz, vestido soberbiamente en color escarlata, sus pesadas botas mandando incontables mensajes a Soldevan, y su rubio cabello moviéndose al compás de sus pasos, se acercó. Erguido, orgullosamente, y con un gran sentimiento de haber cumplido su misión, declaró en una voz dura, segura.

“Mi señor. Hemos encontrado a la Esper Catafracta. La Justicia y Reconciliación está a menos de un salto de distancia. El capitán Roland pide permiso para interceptar y abrir fuego.”

Soldevan, sin voltear, prosiguió observando el vacío, aparentemente sordo ante la voz de su más cercano Interrogador. Pero, dentro, sus cientos de pizarras de datos, conectadas a él por medio de su asiento, alimentaban información a velocidades impresionantes, procesada por sus cogitadores, millones de datos destilados en puros y completos hechos hacia su mente. Sonrió.

“No. El capitán habrá de escoltarlos hacia mí. Sanos y salvos.”, replicó.

La ligera duda de Bartz fue traicionada por una milésima de segundo en que su cuerpo reaccionó ante la respuesta, antes de asentir y retirarse. Suficiente tiempo como para ser detectada por Soldevan. El joven habría pensado saber la orden que daría su maestro, y este cambio le trajo incertidumbre. ¿Habría errado? ¿Calculado incorrectamente? Pero Bartz se sabía aprendiz de Soldevan, y por ende, incapaz de hacer un juicio equivocado. Oh, sí, ciertamente el Inquisidor hubiese dado la orden tres minutos antes. Pero algo había pasado. Una nueva idea había nacido en su mente, cosechada, nutrida, y madura en menos de un segundo.

Herramientas, a usarse y desecharse a voluntad.

Comments

Jez’: ;O; Picale a Sethur donde más le duele maldito!

Soldevan
richterbrahe

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