Dark Heresy: El camino a la Ascensión

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En estos últimos momentos de sanidad que me quedan, he visto y entendido más de lo que jamás imaginé. Y sólo una acción queda por hacer, una sola salida.

¿Qué puede hacer el Imperio contra la implacable marea de oscuridad que se acerca? Nos creemos regidores de las estrellas, con el destino manifesto de ser incuestionables Señores del universo, pero somos a penas granos de arena en comparación con las fuerzas que se esconden en el rincón de la vista.

¿Qué hemos desatado en Zel Secundus? La perdición de todos los sueños del Hombre, de toda esperanza. ¿Cómo entender la maldad de milenios de antiguedad? ¿Cómo comprender la voluntad que rige sus acciones, una voluntad millones de años más antigua que el mismo Dios Emperador? Ni los mismos Astartes podrían enfrentar a esta muerte manifestada, ni siquiera las temibles Legiones Traidoras podrían evitar el destino.

Toda la misión de Horst y su riña con Soldevan palidece y se vuelve insignificante ante las acciones cometidas, ante lo desatado, ante lo despertado en ese tres veces maldito planeta. El resto no lo entiende, no lo comprende. ¿Para qué apresurarse a detener a Soldevan? Mejor dejarle llevar a cabo su plan, y escapar a otro rincón de la galaxia, y esperar a que la muerte llegue en alas oscuras. ¡Bendita sea su ignorancia! Su creencia de que las ambiciones de un enloquecido Inquisidor tenga mayor impacto que el despertar de la antigua perdición.

Afortunada la Jauría de Hierro, afortunada Isabella Solefin, que murieron todavía con algo de esperanza en sus almas. Que no vieron la magnitud del horror que le espera a la galaxia. Que no comprendieron la razón por la cual sus muertes serán insignificantes.

Afortunados todos que no tienen la condena de ser psyker. Ignorante yo que había considerado un regalo del Emperador el haber nacido con mis habilidades. Afortunados aquellos psykers que no nadan en el mar de la telepatía. Condenado yo que he intentado ver la mente de esos seres. Condenado yo que traté de ver el vacío en ellos, solo para que el vacío me haya volteado a ver. Condenado yo con el conocimiento de lo que representan. De lo que esconden. De lo que harán. De lo que pasará con la humanidad. Condenado yo, que he comprendido.

Condenado yo, que moriré sin esperanza. Moriré sin el abrazo del Emperador. Pero muero por mi propia voluntad. Sólo así puedo escapar.

Es la única salida.

(pizarra de datos encontrada en la cabina de Leandrus Commel, sobre su cuerpo sin vida.)

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Solomon
Reseña escrita por Jez'

Es difícil de describir el orden de los eventos que están tomando lugar, piezas de rompecabezas que embonan perfectamente, caminos largos que de pronto se encuentran, coincidencia, destino, ¿cómo describir tan enfermiza sincronía?
Por miles de años he observado la gran obra que es la realidad y los personajes que participan en ella. Pero solo hasta ahora, todo se ha resumido a escasos puntos clave. Siempre el destino de esta raza ignorante y orgullosa ha tenido múltiples oportunidades, ilimitadas opciones; no siempre han escogido la correcta, pero por ahora están vivos. Ya no mas. Todo se resume a unos días, unas cuantas palabras, setimientos y acciones de un pequeño grupo.
Esto comenzó hace un año… no… tal vez desde antes cuando un joven tecnosacerdote dejó su planeta natal para continuar su búsqueda por la iluminación, o cuando una psyker renació a su nueva vida cegada de su pasado, o el momento en que la muerte de sus compañeros se convirtió en el yugo de un hombre, o cuando una joven guerrera sobrevivió victoriosa a la masacre a su alrededor, o podría ser cuando una madre jaló el gatillo negando su misma existencia y la su hijo. Quien sabe… tal vez incluso fue mucho antes de eso.
Cualquiera habría pensado que los eventos sucedidos hace un mes, se convertirían en malas memorias para estos hombres; que el problema se convertiría en el de otros. Pero lo sucedido en las minas de Soryth fue solo la primera revelación de un plan que se lleva a cabo desde antes incluso de que Horst viera el potencial en ellos.
Su vida ya estaba marcada. Siempre hubo una mano guiándolos y protegiéndolos; algunos creyeron que fue la mano del Emperador, lejos de la verdad. Fueron elegidos por el bien y el mal, por el orden y por el caos, ahora estaba en sus manos escoger que voz escuchar.
Por más que intentaron alejarse del pasado, retomando su vida como fieles servidores del Inquisidor, el destino los guió… No, los obligó a reencontrarse con sus errores.
Desconfiados de las palabras del Inquisidor Soldevan, no tuvieron opción más que dirigirse a Solomon a tomar parte en una subasta de artículos, propiedad del comerciante Harlock, para revelar a los herejes en ella. El camino al primer puerto no tuvo contratiempos como ellos preveían. Con lo que no contaban, era con que las pruebas que habían preparado para demostrar su inocencia fueron corruptas.
Ingeniosamente habían grabado su conversación con Soldevan para hacerle saber a Horst que se encontraban entre la espada y la pared; pero la grabación solo mostraría estática. Los mensajes fueron enviados con su fe y su vida en ellos, solo el tiempo dirá si de algo valió la pena.
Abordaron la nave que los llevaría al lugar de la subasta, ahí encontrarían grupos de gente tan distinta: Octavian, una mujer de tintes nobles en búsqueda de artículos cuyos nombres ni siquiera deberían ser mencionados; un clérigo, errado en su camino, ciego por el orgullo; mercenarios en búsqueda de una cabeza por la cual cobrar su cuota; exploradores cuya curiosidad los condenaría; y por último, Kreven.
La pesadilla se revivía en sus corazones al descubrir que el minero corrupto y sus seguidores se encontraban en la nave en la que viajarían por más de un día. Más el hombre les hizo la promesa de no atacarlos, con la condición que ellos no se entrometieran en sus asuntos; compromiso que sería muy difícil de aceptar y de cumplir
En escasas horas, la rivalidad entre el clérigo y Kreven fue más evidente. Pero esta enemistad no era la única que comprometería los actos a seguir. La semilla de la discordia hace tiempo había sido plantada y brotado entre Abelaira y Lancaster, ahora esta florecía con suma intensidad y las raíces ya habían alcanzado a los demás.
Durante la cena, Kreven enfrentó al clérigo en una discusión que terminaría en un mortal enfrentamiento. Jezail trató de proteger al hombre, acto que fue perdonado por Kreven bajo la palabra de que el no buscaba su destrucción, sino un acuerdo que prometía iluminación y gloria.
Wolfe, ganó la gracia del capitán al tratar las heridas inexistentes Kreven. El hombre se quedó en el puerto, esperando el regreso del grupo.
Al entrar a la Casa de Polvo y Ceniza, quedaron impactados por no mencionar horrorizados al ver que uno de los más valiosos tesoros de Harlock era un titán justo en la ante sala. El lugar era un gran laberinto lleno de misterio y la sombra de la muerte en cada callejón y pasadizo. Los sirvientes, continuamente lloraban a las almas que ya hacía tiempo había dejado este mundo.
Al ser separados, en las distintas habitaciones, Lancaster continuó un camino vacio para explorar sus posibilidades. Mithra hizo lo mismo, tomando el camino de los miembros del clan en el cual encontró donde residían los restos de los Harlock junto con sus pertenencias. Sethur dio aviso de la distribución de los seguidores de Kreven el cual se encontraba sin guardias.
A la larga Lancaster perdió el rumbo ya que a su perspectiva, los caminos mutaban constantemente al igual que en Soryth. En su perdición observó al líder del clan, Grill, un hombre de aspecto casi espectral, hablando con Kreven. Fue entonces que una visión de Dante apareció frente a él.
Los acólitos continuaron su búsqueda, la de algunos fue más fructífera que otros. La psyker acompañó a los exploradores a la biblioteca y gracias a los conocimientos de su acompañante aprendió que Harlock estaba en busca de su descendencia para destruirla, razón por la que probablemente, la subasta era realizada.
Aun ignorantes del paradero de Lancaster, sus caminos se cruzaron nuevamente con Kreven quien dialogaba con el Capitán Rubio y Nonezuk (¿?). El segundo inmediatamente externo su interés en la fe de los adeptus mechanicus. Y Al regreso de Lancaster, explicó los extraños sucesos que experimentó y más alarmante aún, el aire de acoso que provenía de Nonezuk.
Después de la cena Abelaira enfrentó a su enemigo a solas. Kreven le explicó sus motivos y razones por las cuales se había convertido en el protector de sus rivales. El clérigo en la nave había sido cegado por el mismo ente que habían enfrentado en Iocanthos. Y más alarmante aún, que el arquitecto del destino, quién los había perseguido en Acreage, fue quién los había protegido.
Al saber esto, Biomachina externó su preocupación. Horst ya había comentado como él había visto una luz en ellos, algo que lo llevo a elegirlos como sus acólitos. ¿Era esta misma luz, la que había guiado a sus enemigos a buscar su lealtad? ¿Era posible torcer ese faro de esperanza en una forma aberrante? ¿Llegarían a caer? ¿Cuáles serían las consecuencias?
A la mañana siguiente cuando la subasta habría de tomar lugar, cada uno notó lo que sus acompañantes admiraban más. Octavian miró con suma fijación un libro carente de sentido y demostró nerviosismo al saber que era notada. Kreven, por otro lado miraba un jarrón que contenía una muñeca, artículo que a simple vista parecería inofensivo. Y fue entonces que la vieron, la estatua que el clérigo tan fervientemente buscaba. Era la figura de una mujer cuya mano sostenía una copa y con la otra un juego de cartas.
Grill insistió en demostrar el potencial del artículo, a lo que el administrador presente accedió. La mujer respondía pregunta tras pregunta de manera siniestra y amenazante hasta que por fin, la pregunta correcta le fue hecha.
¿Harlock sigue con vida?
Así es, y como ya era sospechado, seguía en búsqueda de su único descendiente. La estatua condenó a los ladrones que trataron de robar los tesoros de Harlock; más la oportunidad de vivir les fue dada. A cambio, la sangre del descendiente debía ser derramada en la copa en menos de 13 horas.
Los sirvientes del clan atacaron a los presentes, por lo que los enemigos de los acólitos enfrentaron, mostrando su verdadera forma y color. Kreven destruyó sin pestañear a un gran grupo de los atacantes, mientras Nonezuk respondió corriendo a una velocidad impresionante, más sus acompañantes se quedaron atrás. Estos eran xenos, muy parecidos a los encontrados en Scintilla, ¿es esta otra conexión en esta basto lienzo? Ya eran muchos los enemigos que buscaban su destrucción, muchos más eran los rivales que buscaban su alianza.
Al terminar la batalla una duda invadió sus corazones. Una pregunta mucho más difícil de responder que la incógnita de cómo sobrevivirían al venidero bombardeo más amenazante con cada segundo que pasaba. ¿Qué hacer con la herejía frente a ellos? No podían dejar que nadie, mucho menos Kreven se llevaran lo que buscaban, pero tampoco podían encasquetarse en un enfrentamiento que seguramente perderían.
Y es entonces que todo se reduce a esa respuesta, esa acción, esas limitadas opciones de las que hablo. Es aterrador como una secuencia de decisiones acaba en una incógnita que sobrepasa a los actores de esta obra a punto de terminar. Pero es aun más atemorizante pensar que este grupo de cinco personas, sigue sin entender la magnitud de sus actos.
Por mi parte, solo puedo observar.

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Soldevan

A través del silencioso vacío, la majestuosa nave-catedral del Inquisidor Soldevan se desplazaba como un implacable cazador, acechando las estrellas mismas por cualquier seña de herejía. Pues, a los ojos de este venerable Inquisidor, hasta los astros mismos eran capaces de caer ante los Poderes Ruinosos. Más de novecientos años de experiencia le habían enseñado que la inocencia era una palabra, un concepto, inventado por el Clero, para exhortar a los pecadores a seguir un camino determinado. Obediencia. Incapaces de ver su propia inmundicia, los ignorantes escuchaban, y sus sucias almas se iluminaban con esperanza.

Sentado en su mecánico asiento, Soldevan reía su seca risa, una de las pocas características humanas que aún le pertenecían. Sí, esperanza, se murmuraba el Inquisidor. Tan horrenda virtud. A lo único que se apegaban los ciudadanos del Imperio, la vaga esperanza que el Dios Emperador los protegía. Pero su fe estaba mal puesta. El Emperador no era más que un cadáver, sentado en un decrépito trono a años luz de distancia, mantenido como un trofeo por los líderes de Terra como símbolo de su autoridad. Alguna vez fue una figura imponente, una deidad caminando entre mortales, un Sol que cegaba los ojos de los infieles. Pero esa era había pasado. Ahora, lo único que protegía a los incontables seres humanos que vivían en la Galaxia era la inmutable voluntad de la Inquisición. Y, como el Emperador hace milenios, sólo la Inquisición era capaz de determinar el valor de las personas. Millones de vidas perdidas, para que un puñado pueda sobrevivir.

El Inquisidor suspiró, un afecto innecesario, pues su cuerpo era ahora incapaz de generar un natural suspiro. Con una ligera mueca, seguido del ruido de sus múltiples implantes, comunicando su voluntad a través del resto de su cuerpo, su asiento, construido por brillantes mentes del Adeptus Mechanicum, comenzó a moverse, transportándolo a través del antiguo y barroco estudio, hacía su gran ventana, dándole una espléndida visión del vacío. Hace siglos, un ignorante joven, cien por ciento humano en ese entonces, había visto este mismo panorama con anhelo y determinación. Los años habían pasado, el cuerpo se había roto, desprendido, restaurado, y destruido de nuevo. Billones de vidas habían nacido y muerto. Pero esos ojos seguían. Ese anhelo y determinación perduraban. Reenfocados, pero perduraban. Oh, sí, Soldevan había visto mucho. Había mantenido su cordura frente a entidades que hubiesen roto la mente de hombres más débiles (ciertamente Grynner se hubiese vuelto loco, pensó). Se había batido en combate contra creaturas capaces de extinguir la vida de todo un sistema. Había triunfado sobre innumerables enemigos, y su nombre sin duda era murmurado por sus incontables rivales con terrible miedo. Ni la muerte misma había detenido a Soldevan, gracias al Magos Silas Mortram, su inseparable aliado. Si, había perdido más del ochenta por ciento de su cuerpo, pero el veinte restante era más fuerte –y más importante – que el cuerpo completo de muchos de las Ordos Sagradas.

Ah, las Ordos. Aunque Calixis era bendita por la presencia de Soldevan, también se veía maldita por la presencia del resto de las Ordos. Ciegos decrépitos, atemorizados en usar el poder que tenían, contentos sólo de perseguir sombras, y nunca encontrarlas. Temerosos de buscar dentro de sí mismos por las claras muestras de herejía, tan obvias para los ojos de Soldevan. ¿Quiénes eran ellos para declararse puros, libres de la mancha del Caos? Si, él lamentaba la muerte de tantos de sus errados hermanos, pero la adversidad purifica. Había perdido la cuenta de los herejes que había encontrado en la Inquisición. Tantos jóvenes, con apenas dos siglos de experiencia, intentando asegurar que conocían más de la herejía que Soldevan. ¡Tontos! ¡Ignorantes! ¡Él ya luchaba contra las fuerzas del Immaterio desde antes que las rameras de sus abuelas pensarán en parir chiquillos impuros! ¿Y se atrevían a negar el decreto de Soldevan, clamar ‘mentira’ ante la obvia mancha de la herejía? Eso sólo hacía que la satisfacción de meter una sagrada bala entre sus ojos fuera mayor. O quemarlos en el fuego de la purificación. O soltarlos al vacío donde pertenecían. O, pensó Soldevan con una ligera y mecánica sonrisa, torcerlos en su inutilidad como Inquisidores y convertirlos en útiles servitores.

Pero ahora las Ordos tenían en su número un temeroso adversario, insidioso, que poco a poco se inmiscuía entre los más escondidos secretos de la institución. Temeroso, por el poder que representaba, un psyker del grado más vil. Soldevan hubiese escupido si su garganta todavía generase fluidos. Jamás había comprendido como la Inquisición permitía a esos… seres… dentro de sus filas. Un psyker no era más que una herramienta, a usarse y desecharse a voluntad. A una herramienta no se le daba poder. No se le dejaba controlar su destino. ¿O acaso el Adeptus Mechanicus deja que sus creaciones hagan lo que gusten? No, era una tontería, y más, un error, dejar a los psykers correr libres como verdaderos humanos. Los verdaderos humanos no podían encender objetos con su mente. Los verdaderos humanos no torcían la realidad con su mente. No, los capaces de hacer eso eran los Xeno, los Poderes Ruinosos… y el Emperador y sus Primarcas, Dioses entre mortales. Clamar tal divinidad era herejía en sí misma. La mera existencia de un psyker era una afronta a toda ley natural. Sí, tenían sus usos de vez en cuando. Tal y como una espada de doble filo era útil en casos desesperados. ¿Pero tratarles como verdaderos ciudadanos del Imperio? Inconcebible.

Y sin embargo, ¡la Inquisición lo hacía! Si eso no era claro ejemplo de lo erróneas que estaban las Ordos, la conclusión era obvia. Los psykers habían violado la mente de los líderes de las Ordos. Soldevan cerraba sus ojos, lamentando la debilidad de la mente de sus “hermanos”, y más, lo que en un futuro tendría que hacer. Pero, paciencia. Ante todo, paciencia.

Sintió, a través de la conexión que disfrutaba su estudio directamente con su sistema nervioso, que alguien se acercaba. Sus múltiples cogitadores determinaron que se trataba de Callidon Bartz, un brillante joven que le recordaba a ese insolente muchacho hace siglos. Sí, Bartz sería un excelente Inquisidor, y un inagotable aliado. Sin mover un solo centímetro, mandó una señal a través de su conexión para abrir sus majestuosas puertas. Bartz, vestido soberbiamente en color escarlata, sus pesadas botas mandando incontables mensajes a Soldevan, y su rubio cabello moviéndose al compás de sus pasos, se acercó. Erguido, orgullosamente, y con un gran sentimiento de haber cumplido su misión, declaró en una voz dura, segura.

“Mi señor. Hemos encontrado a la Esper Catafracta. La Justicia y Reconciliación está a menos de un salto de distancia. El capitán Roland pide permiso para interceptar y abrir fuego.”

Soldevan, sin voltear, prosiguió observando el vacío, aparentemente sordo ante la voz de su más cercano Interrogador. Pero, dentro, sus cientos de pizarras de datos, conectadas a él por medio de su asiento, alimentaban información a velocidades impresionantes, procesada por sus cogitadores, millones de datos destilados en puros y completos hechos hacia su mente. Sonrió.

“No. El capitán habrá de escoltarlos hacia mí. Sanos y salvos.”, replicó.

La ligera duda de Bartz fue traicionada por una milésima de segundo en que su cuerpo reaccionó ante la respuesta, antes de asentir y retirarse. Suficiente tiempo como para ser detectada por Soldevan. El joven habría pensado saber la orden que daría su maestro, y este cambio le trajo incertidumbre. ¿Habría errado? ¿Calculado incorrectamente? Pero Bartz se sabía aprendiz de Soldevan, y por ende, incapaz de hacer un juicio equivocado. Oh, sí, ciertamente el Inquisidor hubiese dado la orden tres minutos antes. Pero algo había pasado. Una nueva idea había nacido en su mente, cosechada, nutrida, y madura en menos de un segundo.

Herramientas, a usarse y desecharse a voluntad.

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Misión Oscuridad

En la gracia del Dios Emperador, quién nos ilumina y guia nuestros pasos.

Inquisidor Mordechai Horst
Ordo Malleus
En Orbita alrededor de Archaos

Reitero mis felicitaciones por la exitosa recuperación de la espada Reproche Luminoso, y la milagrosa hazaña de traer de vuelta el Liber Daemonica. Sus acólitos son ciertamentee merecedores de atención. El valiente Hermano-Sargento Agamorr, en su recuento de la misión, no tuvo más que halagos hacia la celda, y los felicita por haber sobrevivido un ataque Eldar.

Sin embargo, necesito aclarar el que la celda haya visto más de lo que debería. Sabes lo que el Liber Daemonica contiene, y lo que una mente no prepada puede sufrir a causa de ese conocimiento. Necesitamos que asegures que tus Acólitos no hayan leído del libro, y de ser así… se tendran que toamr acciones.

Tus Acólitos muestran promesa, pero también se han mostrado enemigos de varios grupos. El Inquisidor Soldevan niega haber mandado un grupo, y con la coraza espacial destruida, no hay forma de ligarlo. No obstante, en caso de lo peor, la celda debe cuidarse. Puede que los considere meras molestias… pero también puede ser que desee una venganza contra ellos.

Sin más por el momento, quedo a tu disposición.

El Emperador protege,

Alto Inquisidor Caidin
Lider del Conclavo Calixis
Palacio Tricornio
Scintilla

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Misión Colmena Sybellus

Honorable Inquisidor Horst,

Me presento ante usted, Laurent Strophes, jefe de la casa Strophes y amigo cercano del Inquisidor Grynner. Permitame felicitarle por su excelente celda, la cual logro interrumpir los actos de ese malevolo culto, y traer paz al alma de mi querida Saia.

Su valiente defensa de mi casa evito que sufriera mas daños, y estoy en deuda con ellos. Por favor, informeles que si alguna vez necesitan asilo en la Colmena Sybellus, pueden contar conmigo.

El Emperador Protege.

Laurent Strophes

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Mision Acreage
Tercera mision de la celda

Apreciable Mordechai,

Que la gracia del Dios Emperador te ilumine este dia, y que el Trono Dorado marque tus pasos hacia tu destino.

Me es grato informarte que tu celda más reciente de Acólitos ha exitosamente purgado un pequeño grupo de Slaugth en el planeta de Acreage. Lamentablemente, uno de los Acólitos, Amadeus Halten, recibió héridas críticas. Gracias a la atención del tecnosacerdote Wolfen, logró estabilizarse. Sin embargo, tal experiencia le ha costado ambas piernas. Mis servitores han hecho lo posible, y han ligado un remplazo bionico. No será lo más efectivo, pero al menos le ha regresado la habilidad de caminar.

Los Acólitos siguen con la frente en alto, y están dispuestos a terminar la misión encomendada. Sus espiritos han ciertamente sido templados en la fé del Dios Emperador. Debes estar orgulloso de ellos.

Sin mas por el momento, quedo, como siempre, a tu servicio.

Jonah Grynner

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Mision Iocanthos
Segunda mision de la celda

Me han llegado noticias de disturbios en el planeta de Iocanthos. No tan severas como la rebelión en Sepheris Secundus, pero de un significado religioso más profundo. A mi oficina llego una solicitud formal de ayuda de un apreciado agente, Aristarchus el Vidente, quién ha pedido apoyo para el poblado de Severa Esperanza. Al parecer, eventos extraños se han manifestado, posiblemente de una fuente psiquica o traida del Immaterio. Estos han aparecido alrededor de una nueva catedral en honor a San Drusus, heroe Imperial.

Se dirigirán hacia Iocanthos, y ayudaran a Aristarchus en todo lo que conscierne su atención. Investigarán los incidentes, y asegurarán que la catedral se termine satisfactoriamente. Sus labores primordiales serán encontrar información sobre cualquier fenómeno, y, en caso de ser necesario, eliminar cualquier amenaza que encuentren. En esta misión, Aristarchus tendrá autoridad sobre ustedes en mi nombre; ayudenle y denle la misma lealtad que me darían a mi.

He organizado su pasaje abordo del transporte Cielo Orgulloso, para partir en una semana. Dado que aterrizar en el poblado mismo resultaría impráctico, debido a su ubicación geográfica y la posible hostilidad de nativos salvajes, aterrizarán en Puerto Sufrimiento, y se verán con Aristarchus. De ahí, viajarán hacia Severa Esperanza por medios ya arreglados.

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