La Divina Misericordia (Prólogo II)

“Estoy seguro que tus familiares han de estar sumamente orgullosos.” Dijo Bremmeck. “En especial tus hermanos, Silvanus y… ¿cuál era su nombre?”

“Isaac, Adrien, ¿podrían dejarnos a solas, por favor?” Sethur replicó y ambos hicieron como se les pidió. “¿A qué quieres llegar, Bremmeck?”

“A nada, Biomachina… solo pensaba en lo orgullos que el Comandante Silvanus estará al saber que su hermana menor sigue los virtuosos pasos de la Ordo Malleus. Y Scythia… perdón, Scarlet igualmente ha de regocijarse ya que su pequeña hermana que ayudó por tantos años ha logrado su objetivo.”

“No soy estúpida, Bremmeck, se que has estado espiando los movimientos de mi hermana, pero adivina qué, ella es inocente y la mujer más fiel al Imperio, más fiel que tu y que todos los Inquisidores en esta sala, sigue buscando corrupción en ella, nunca encontrarás mancha alguna en su alma.”

“No es en ella dónde la busco… Sé que la engañaste para que te ayudara en Koronus y tan pronto descubra cómo lo hizo ten por seguro que no tendré misericordia ni por ti ni por ella en su gran ignorancia.”

“Tú eres el ignorante, Bremmeck, ahora, ya que por fin no necesito de ti, te pediré que me dejes en paz. Me he cansado de tus injustas acusaciones.”
“De acuerdo, me retiro… Pero pensé que querías saber quién fue el que te sugirió cómo Inquisitriz…”

*

Años atrás…

Después de algunas semanas de haber recibido el mensaje, por fin se encontraba en Scintilla. Llegó sola en una nave de pasajeros que había tomado en otro puerto, sin que sus hombres supieran exactamente a donde se dirigía.

De lejos parecía una señora de mucha edad ya que se cubría el rostro con una manta negra y caminaba ayudada por el bastón que no necesitaba. Le ardían los ojos; había sido una noche larga de risas, llanto, memorias alegres y tristes, de orgullo y pena; sus ojos no podían más con la presión. Había momentos en los que sentía muchas ganas de llorar mientras que en otros carcajeaba a gran voz, asustando un poco a la gente ignorante de los buenos recuerdos que pasaban por su cabeza.

Ya hacía mucho tiempo desde que había dejado Scintilla después de algunos años de servicio en una de las Naves Imperiales en las que halló gracia para convertirse en la comerciante Scarlet Steel. Ese día, Horatio Biomachina la esperaba en el puerto con esa enorme sonrisa que lo distinguía. En aquella ocasión también usaba un bastón, ya muy acabado después de todo ese tiempo en que lo utilizó en las trincheras.

Ahora recordaba, cuando Horatio notó esto, dejo de sonreír. ¿Siempre fue así o solo después de volver de servicio? ¿Cuánto dolor le había causado al viejo, incluso antes de retirarse del Mortuus Clamo? ¿Cuál fue la última imagen que tuvo de ella, antes de partir?

Sin notarlo ya estaba frente a la puerta. Como salida de un trance parpadeó y prontamente entró al lugar. La casa no era muy grande, pero era suficiente para un par de ancianos pasando los últimos años de su vida. No había escaleras, solo rampas por todos lados. La mujer al caminar por el pasillo principal utilizaba estas en lugar de bajar los escasos escalones entre cuartos.

Sentía que si llegaba a detenerse para bajar uno de ellos daría la vuelta y volvería sin antes despedirse. Pensaba en las miradas penetrantes e inquisitivas de los invitados y la familia. Su alma se llenaba de culpa al pensar que sin importar cuantas veces Biomachina se lo pidió, ella nunca regresó a Scintilla mientras vivía.

Llegó a la sala de estar donde todos se encontraban reunidos, pero ella se quedó atrás cerca de la puerta; justo a su lado se encontraba otra mujer que tampoco quería formar parte de aquella celebración pero de igual manera sentía una terrible culpa que la obligó a ir.

“No creí que fueras a venir… Scythia. Creí que ya no te importaba la familia.” Dijo la mujer en el dialecto del Mortuus Clamo.

“Lo mismo digo, Sethur.” Miró a la mujer más joven con algo de nostalgia. “Quién diría que llegarías antes que yo.”

“Créeme, yo estoy igual de sorprendida.” Dijo la otra hija del vacío, alegando que el funeral había sido pospuesto por la incertidumbre de su paradero, por no decir de su vida misma. “…Veo que te emparejaste las cejas.”

“No iba a esperar a que Silvanus lo hiciera por mí como cuando éramos niños.” Se carcajeó fuertemente haciendo que todos voltearan a verla. “Me gusta lo que hiciste con tus ojos.”

“Ya esperaba que dijeras eso. Deberías consultarlo con alguien, Scythia…”

“¿Consultarlo? Solo me verás pedir ayuda cuando tenga un verdadero problema… Y si así fuera…” Respiró pesadamente. “¿Quién podría ayudarme?”

“No lo sé… Solo sé que un día de estos vas a estallar y podrías hacerte mucho daño.”

“Lo mismo pensé cuando dejé el Mortuus Clamo, creí que cometerías una estupidez… dígase no se… convertirte en aco-”

“Scythia…” Susurró imperativamente la acólita.

“Ya sé, ya sé…” Rió. “Es solo que no puedo creer que hayas tomado esa decisión. Siempre te imaginé como una mujer libre… Como yo.”

“Scythia… nunca seremos libres… No mientras haya tanta corrupción en este universo. Seguiremos siendo esclavos de todos estos tormentos y tribulaciones. Ahora tengo claro que debemos ser fuertes y valientes. Sé que sientes mucho miedo; pero te pido, Scythia, trata de dejarlo. No sabes lo desdichado que era padre cuando te veía usar la silla de ruedas.”

Hermanos, hermanas, familiares y amigos, esta noche nos unimos para despedir a nuestro padre Horatio Biomachina. Y debo decir que estoy muy contento que en esta tarde sus seis hijos se reencuentran después de tanto tiempo de haber partido en direcciones diferentes. Me hubiese gustado que padre nos hubiese visto nuevamente juntos; pero me consuela saber que los motivos que nos mantienen separados es porque cada uno de nosotros sirve al Imperio en su propia manera. Hoy, miro a nuestros hijos y veo esperanza; una renovada esperanza que no había sentido en muchos años, mis hermanos. Hoy creo, con todo mi ser, que el Imperio del Hombre prevalecerá y nosotros la familia Biomachina ayudaremos a forjar el brillante futuro que buscamos para nuestros hijos y los hijos de ellos a su vez…


“Por cierto…” Susurró la comerciante. “…lamento lo de tu hijo.”

“¿Cómo lo-?”

“Dark nos dijo. Siempre que lo vemos le preguntamos por ti… Realmente lo lamento, Sethur.” La otra sonrió levemente.

“Nosotros no.” Respondió con suma paz en su alma. La hermana menor comenzó a caminar hacia atrás para salir disimuladamente pero Scythia la detuvo tomándola de la muñeca.

“Quiero que todo esté bien entre nosotras. Siempre tuve celos de tus ojos Sethur. Siempre quise tener una marca, un yugo que llevar para sobrepasarlo y demostrarle al Emperador de lo que soy capaz. Lamento que mi envidia me haya alejado de ti. Lamento no haber estado ahí cuando más me necesitaste, hermana.”

“¿Por qué dices esto? ¿Por qué ahora?”

“Estoy planeando un viaje muy largo… Y si obtengo la voluntad necesaria no creo volver. Es algo que he pospuesto por miedo. Siempre quise… explorar más allá, dónde fue vista la flota de Hecathon por última vez… en lo más profundo de nuestro padre el vacio.”

“Scythia…” La acólita la miró horrorizada. “Algo muy malo podría pasarte…”

“No le temo a la muerte.”

“Algo peor que la muerte…” Levantó un poco la voz. “Hay fuerzas allá, Scythia… Fuerzas que se valen de las buenas intenciones y de la curiosidad del hombre para atraparlo y transformarlo en abominación. Los cambia en idolatras perseguidores de los fieles al Emperador. Te conozco, hermana, y sé que podrías caer.”

“Tú misma lo dijiste Sethur; debemos ser valientes. Si este Imperio no se expande, morirá. Si tememos; si flaquea nuestra fe, todos moriremos.” La oficial alejó la mirada de su hermana y la fijó en Silvanus. “En todo caso, si algo llega a pasarme… Te conozco, hermana, y sé que tu habrás de detenerme.”

*

En Koronus años más tarde…

SECRETO DEL PLAYER!!! XD

*


“Cómo ya has de saberlo…” Comenzaron a caminar uno junto al otro ocultando la desconfianza entre ellos. “No fue Horst el que te sugirió… el dio su consentimiento pero quién en verdad te propuso fue el Inquisidor Jastillus.”

La Divina Misericordia (Prólogo II)

Dark Heresy: El camino a la Ascensión Jez